Los hijos de Dios y la oración.

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Apostol_NJG_ Los hijos de Dios y la oración_Nov_7_2015

El sábado 7 de noviembre, el Apóstol de Jesucristo, Naasón Joaquín García, elevó su oración al Creador en el templo de la colonia Hermosa Provincia. Como cada mañana, le acompañaron en su plegaria centenas de hermanas y hermanos, así como un pequeño grupo de ministros. El reloj marcaba las 4:25 horas.

En ese momento solemne, anhelado por la Iglesia del Señor esparcida por el mundo, el Coro entonó el himno “Soy yo soldado de Jesús” (n. 529), de gratos recuerdos. Sus notas se tradujeron en un solaz espiritual: “Es menester que sea fiel, que nunca vuelva atrás; que siga siempre en pos de Él, y me guiará en paz. Después de la batalla, nos coronará, Dios nos coronará, en aquella santa Sión”. Enseguida, se escucharon las alabanzas “Tuyo soy Jesús” (n. 557) y “Cerca de ti” (n. 77). El cuerpo ministerial y la Iglesia, unidos como un solo hombre, se unieron con singular fervor a la oración apostólica.

Antes de salir de la Casa de Oración –luego de concluir su plegaria al Creador–, el Apóstol del Señor se detuvo por unos instantes y saludó a los integrantes del Coro. “Dios los bendiga y les pague, hermanos”, les dijo. De ahí se dirigió a su hogar, acompañado por el cuerpo ministerial. A su paso, saludó a los hermanos que se encontraban en el atrio y las calles aledañas al templo.

Posteriormente, en la parte exterior de su casa, platicó con los citados ministros y les compartió de sus enseñanzas: “Que bonito es venir a desahogarse al jardín de la oración”, expresó. Entre tanto, a lo lejos se escuchaban las notas del canto “Hay una llama en mi alma encendida”.

De este himno, el Apóstol retomó una de sus estrofas: “Como dice el Coro: la obra perfecta es de Dios. Cada quien endurece o deja su corazón abierto para que Él haga su obra, pero todos los que hemos vivido bajo la sombra de la Elección somos muy felices. Todo temor y preocupación se ha disipado. Hoy, la Iglesia sigue viviendo la Elección de Dios y seguimos en el camino verdadero”.

Destacó, sin embargo, que aunque la Elección continúa en la tierra, “esto no quiere decir que Dios quitará de nosotros las pruebas, las tentaciones, las angustias y las enfermedades… pero tenemos quien está con nosotros, a quién acudir, a quién recurrir, y toda la Iglesia vive ese beneficio.

“Dios nos ama. Como muestra de su misericordia infinita y de su amor, entregó en sacrificio a su propio hijo, un ser de carne y hueso, para que se compadeciera de nosotros, para que todo aquel que en Él crea no se pierda y tenga vida eterna. Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el padre a Jesucristo el justo (1ª de Juan 2:1).

“Esta es nuestra fe, que se manifiesta en obras de gratitud para con Dios. Por eso decimos: ‘Te agradecemos Señor por todo lo que nos das: tu enseñanza, tu doctrina, tu amor, tu paciencia, tu misericordia… y que todo esto no se lo dieras a los poderosos ni a los ricos: nos lo diste a nosotros, los pequeñitos, los que disfrutamos día a día de tus bendiciones.

La oración de cinco de la mañana: presente perfecto a Dios

En otro momento, el Apóstol de Jesucristo destacó que las bendiciones recibidas de parte de Dios hacen que el cristiano tenga un compromiso aún más grande con Él. Por lo anterior, se explica el sacrificio de todos los hermanos que acuden a la oración de cinco de la mañana, quienes –destacó– expresan: “Vamos a acompañar al Siervo de Dios, porque ahorita es cuando él intercede por nosotros. Es el momento en que le pide a Dios: ‘Ayúdales, bendícelos en sus trabajos, te van ofender, pero muchos van a hacerlo sin darse cuenta, otros van a ser motivados por el enemigo, pero no los apartes de tu lado…’, y se amparan bajo la sombra y el manto de la Elección’”.

Refirió también que antes de finalizar la oración de cinco de la mañana, los hermanos pasan al frente del templo a las peticiones: “Unos se acercan al altar llorando, otros gimiendo, los más reconociéndose: ‘Señor, te fallé’. ¿Y qué hace el Padre de esta familia? Ve llorando a su hijo y lo vuelve a cobijar. Porque se acercó con dolor y con la angustia de haberlo ofendido, y en el mismo reconocimiento encuentra el perdón y la confortación. (En este horario el templo se encuentra lleno, a tal grado que parece que están los hermanos en una Escuela Dominical.)

“En todas las oraciones Dios nos oye: en la de nueve, en la de seis, en la Escuela Dominical, en el Servicio… pero decía el hermano Aarón Joaquín, que la oración de cinco es una muestra del sacrificio de nuestra parte hacia Dios, porque es la hora en que el hermano debería estar descansando y viene a implorarle que le dé de su ayuda. ‘Por la oración de tu siervo, dame una oportunidad’, dicen los hermanos”.

La vida del cristiano: entre las pruebas y la confortación divina

En relación con las aflicciones que inevitablemente el hermano padecerá a lo largo de su vida, el Apóstol de Dios fue categórico: “Si en su voluntad, el Señor no nos quita la enfermedad, las pruebas, las angustias o las necesidades… sí nos conforta, nos consuela y nos da fuerzas para poder vencer toda adversidad. Y es que la vida del cristiano estará siempre llena de pruebas. Satanás estará buscando afligirnos, de una o de otra manera, y mientras más fuerte nos sienta más fuerte será el ataque”.

Y agregó: “Pero confiad, dijo Cristo: ‘Yo vencí al mundo’. Y con estas palabras nos está diciendo: ‘Fui como tú, tuve tus mismas debilidades, flaquezas, miedos, enfermedades y necesidades… fui semejante a ti como un hombre’, por eso es que él se compadece de nosotros.

“Cuando un hermano expresa: ‘Es que a veces siento que no puedo’, Cristo, en el momento de su oración en el monte del olivar –cuando expresó: ‘De ser posible pasa de mi esta copa, pero no se haga mi voluntad, sino la tuya’–, fue confortado por el Ángel que Dios le envío. Después de esto, se levanta y dice: ‘Ahora sí, vamos, porque ya se llegó el momento’. ¿El momento de qué? De sufrir, de padecer, de soportar todo el dolor que iba a experimentar, aún el de su propia muerte. No le quitó Dios el dolor ni lo libró de la muerte ni de su destino… pero lo confortó. Aunque su cuerpo experimentaría el dolor, el sufrimiento y la muerte de cruz, después vendría la recompensa. Por eso dijo: ‘Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese’(Juan 17: 5).

Resaltó que también a los cristianos en aquel día llegará su justo juicio. A diferencia de los incrédulos, nosotros no vamos a reclamar: vamos a recibir nuestro justo pago, como hijos de Dios. Esto es, no para aquellos que viven y se solazan en el pecado, sino para aquellos que perseverando en el bien hacer, buscan honra, gloria e inmortalidad.

Antes de ingresar a su casa, el Apóstol de Jesucristo, como padre amoroso de sus hijos en la fe, se despidió de los ministros en esta mañana de bendición.

Fuente: Unidad de Crónicas Apostólicas

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Ivan Hernández

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